«Tuve miedo que nos mataran, estaban decididos a todo», dijo centinela de Piñero

Viernes 2 de Julio

“Cuando escuché las detonaciones lo primero pensé fue que algún pabellón no se quería engomar (volver a las celdas) o que había un problema adentro del penal. Vi a tres tipos corriendo, pensé que eran presos que se estaban fugando. Estamos preparados para una situación de fuga interna y no externa. Me defendí como pude con los elementos que tenía. En teoría, cuando pasa un hecho de estos, primero se da voz de alto y en caso omiso, se puede responder”. Los centinelas de la cárcel de Piñero que el domingo a la tarde se enfrentaron a tiros con los tres hombres que irrumpieron en el predio para ayudar a escapar a ocho presos nunca pensaron que iban a vivir una situación así. Y si lo hicieron, tal vez no haya ido más allá de conjeturas o hipótesis de esas que se aplican a lo que nunca debería suceder.

Sin embargo ocurrió. En líneas generales todos relataron lo mismo, aunque sus vivencias fueron distintas: hubo quienes estimaron que todo ocurrió en cinco minutos y alguno llegó a pensar que fueron quince. Algunos fueron blancos de disparos, otro sintió las balas cerca o se vio sorprendido con un impacto en su garita.

Es probable que ninguno haya terminado de entender lo que pasaba hasta que vieron —algunos a 30 metros, otros a más de 100— cómo se esfumaban diez personas en un auto negro que se perdía por un camino rural. Y quién sabe cuántos sintieron lo que uno de ellos se animó —o necesitó— decir: «Realmente tuve miedo de que me mataran, no nos mataron de milagro. Estaban decididos a todo”.

Por la espalda
Hasta el momento lo que se pudo establecer sobre la mecánica de la cinematográfica fuga en la Unidad Penitenciaria 11 se sabe a raíz de los testimonios de centinelas y las tomas de al menos dos presos que desde otros pabellones filmaron con celulares lo que podían ver según su ubicación. Si funcionaran las cámaras del perímetro del penal, se habría podido ver cómo minutos después de las 17 del domingo tres hombres ingresaban armados al complejo luego de haber roto con una amoladora portátil el alambrado externo, acción que nadie detectó ya que los intrusos fueron descubiertos cuando empezaron a disparar contra las distintas garitas, emplazadas cada 30 metros y a cuatro metros de altura.

Ubicados entre el perímetro exterior y los patios de los pabellones, y si bien no pueden estar ajenos a lo que pueda ocurrir desde afuera, el trabajo de los gariteros consiste en controlar lo que pasa en los patios, precisamente para evitar que se escapen los presos. En sus entrevistas con los investigadores los centinelas coincidieron en que la irrupción los tomó por sorpresa, ya que la acción había comenzado a sus espaldas.

Desde el momento en el que quien estaba en la garita más cercana se topó con la inesperadísima imagen de tres tipos encapuchados —uno con una careta de goma— corriendo a los tiros cerca del alambrado, pero del lado de adentro, hasta que volvió a ver pasar, ya no a tres sino a once que se escapaban por el mismo hueco todo fue un pandemonio de tiros y situaciones inéditas.

En principio, como lógicamente indica el protocolo, todos atinaron a disparar con sus escopetas antitumulto, con las balas de goma que deben usarse para disuadir a presos que se supone jamás deberían fugarse a los tiros con armas de fuego. Pero está claro que la criminalidad en Rosario ya está arrasando con todo aquello que se pueda suponer.

No se iban, entraban
“Yo estaba mirando a los pabellones cuando empiezo a escuchar detonaciones desde el módulo E. Veo que venían tres tipos corriendo casi contra tejido externo, pensando que eran internos que se fugaban, salgo de la garita y efectúo tres disparos con munición antitumulto. Cuando veo que ellos tenían armas, tomo la (pistola) 9 milímetros resguardándome lo más posible porque ellos tenían armas letales. Efectúo los 10 disparos que tenía, ellos siguen avanzando igual”, relató un garitero, que tiró con todas las armas que tenía a su disposición hasta quedarse sin municiones.

«No sé si algún interno fue alcanzado por los disparos efectuados, en ese momento estaba preocupado en que no lastimen a mi compañero”, continuó en referencia a lo que sucedía en la garita 5, la ubicada justo frente al patio del pabellón 14 de donde fugaron los presos.

Como ya se ha publicado, la acción de los intrusos consistió en irrumpir en el penal y correr más de cien metros por lo que se conoce como “camino de patrulla”, llegar hasta la garita 5 del módulo D y volver a romper dos tejidos más con la misma amoladora portátil que habían empleado para entrar. Durante el trayecto se iban cubriendo con disparos, pero al llegar a su objetivo comenzaron a recibir ayuda de los presos que querían escapar.

El centinela de esa garita había advertido minutos antes que algunos de los presos que estaban en el patio lo estaban observando, pero jamás pensó lo que se venía. “Escucho detonaciones, pensé que era un pabellón que no se quería cerrar. Me levanto a ver qué pasa y cuando me doy vuelta para el lado izquierdo veo a tres personas encapuchadas y armadas corriendo hacia mi sector”, comenzó el relato. Pero antes de que pudiera reaccionar contra esa irrupción, “me empezaron a tirar piedras los internos que estaban en el pabellón 14 para agredirme e impedir que saliera. Tomo la pistola 9 milímetros y realizo un disparo desde adentro. Entonces sentí los tiros que pegaban en el suelo de la garita, esas personas ya estaban debajo de mi garita”, recordó.

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“Ellos comienzan a efectuar disparos hacia mí. Me quedo contra la pared que da al camino patrulla, continuaban tirándome piedras y ahí los que habían ingresado comenzaron a cortar el segundo alambrado por debajo mío. Intento mirar para ver si podía hacer algo, al levantar la cabeza uno me apunta con un revólver. Tenía una campera inflable negra, no se le veía la cara porque tenía como un pasamontañas, solo se le veían los ojos. Ese me apuntaba, el otro cortaba con la amoladora y el tercero lo apuntaba a mi compañero de la garita 6 del módulo D”.

Desde su posición el centinela vio cómo los presos rompían el alambrado del patio y avanzaban hacia su garita, que era el lugar por donde el único intruso identificado hasta ahora, Walter Soraire, había cortado con la amoladora los otros dos cercos de alambre por el que comenzaron a fugar. “Empiezan a gritar «subile, dale, dale», como para voltearme y lo logran frenar mis compañeros de la Garita 6 D y el de la 4 D”, contó. Cuando dejó de verse amenazado el centinela salió a disparar hasta que se quedó sin balas. Y mientras los evadidos comenzaban a alejarse, tomó su escopeta con balas de goma para disparar tres veces, esta vez contra el patio del pabellón donde todavía había presos que seguían intentando el escape, finalmente conjurado minutos después por otros penitenciarios que redujeron a seis reclusos que no alcanzaron a salir del patio.

Cuando todo terminó, el centinela vio cómo casi a los pies de su garita había una persona tirada en el suelo. Era Soraire que estaba muerto. Antes alcanzó a ver cómo los internos tomaron el arma que éste llevaba para continuar con el escape. “Entraron tres y de esos salieron dos, más los evadidos, dentro de los cuales solo conocía a (Sergio) Cañete y a (Claudio) Mansilla, que se iba con una 9 milímetros”, recordó sobre éste último, sospechado de haber ideado el plan de fuga.

Tirando a dos manos
“Los que me tiraban usaban dos armas cada uno, el otro rompía el cerco”. “Primero tomé la escopeta, cuando salí ellos me vieron y también me empezaron a disparar con munición letal. Se me trabaron los cartuchos de la escopeta y al ver que ellos tenían pistolas dejé la escopeta, tomé la pistola y les empecé a disparar”. “En ningún momento dejaron de tirar”.

Los y las centinelas entrevistados coincidieron en que nunca habían estado en una situación como esa, que el protocolo al parecer tampoco ha previsto. Dijeron que no tienen comunicación entre sí porque, al parecer, los inhibidores de señales dispuestos para pabellones con presos de alto perfil impide el funcionamiento de los handies. También hubo un par de testimonios sobre cómo no pudieron reaccionar con sus escopetas antitumulto porque se trababan y uno que no pudo ponerse el chaleco antibalas porque se rompió.

También resultó llamativo para todos que cuando se escaparon los presos tenían más armas que cuando irrumpieron sus liberadores. También que los fugados iban corriendo casi pegados al alambrado externo, donde no tenían alcance con las armas. Hubo quien casi recibe un balazo en la cabeza y casi no tuvo tiempo de repeler el ataque. Y también quien recordó haber salido a gritarles al personal que había salido a perseguir a los evadidos que éstos estaban con armas letales y tiraban a matar. “Ellos (por los penitenciarios de los grupos operativos Goro y Goep) venían regalados con las escopetas, no estaban en iguales condiciones”, recordó un centinela ante la última imagen de resignación: los tipos “siguieron su camino, siempre bordeando el cordón y disparando a las garitas”, hasta que se perdieron de vista.

Diez minutos después de haber descubierto la irrupción, el primer centinela vio regresar a los intrusos que, junto con nueve presos, se disponían a salir. “Seguí disparando, ellos me empezaron a tirar, creo que con un subfusil porque no eran un simple tiro, eran ráfagas. Empezaron a salir (hacia el exterior del penal) y yo ya no tenia alcance para dispararles. Se mandaron todos al auto negro que los esperaba, no lo pude identificar, estaba detrás de un pastizal. Cuando los del Goro y Goep empezaron a buscarlos, me quedé en la garita tratando de asimilar la situación”.

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